La anormalidad del PSOE

“Soy socialista convencido, pero, amigo, los que aquí figuran como tales son intratables; fanáticos necios de Marx, ignorantes, ordenancistas, intolerantes, llenos de prejuicios de origen burgués, ciegos a las virtudes y a los servicios de la clase media, desconocedores del proceso evolutivo, en fin, que de todo tienen menos de sentido social. (…) Me incomodé cuando les oí la enorme barbaridad de que para ser socialista hay que abrazar el materialismo. Tienen el alma seca, muy seca, es el suyo socialismo de exclusión, de envidia y de guerra y no de inclusión, de amor y de paz. ¡Pobre ideal!, ¡en qué manos anda el pandero!” (Unamuno)

Compartir
mm

Para mayor desgracia de España, su partido socialista  –tiene que haber uno, no nos engañemos–, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) –que dicho sea de paso nunca ha sido socialista de verdad, ni obrero, ni mucho menos español–, arrastra desde su nacimiento, entre otras, una tara, una anormalidad, muy especial y particular sólo suya que lo diferencia especialmente y lo distancia sobremanera del resto de partidos socialistas del planeta. Su penosa historia ha estado por ello siempre lastrada por tal deformidad, la cual, contagiada a España, ha infectado a buena parte de los españoles a lo largo del tiempo. ¿Que cuál es esa tara? Pues no, no nos referimos al marxismo, que también, sino e lo que a España se refiere a algo si cabe mucho más grave: su constante querencia por la bolchevización que le hace ser en vez de en un partido socialista nacional y democrático, respetuoso de las leyes en vigor, como todos en el mundo, un partido antinacional, antiespañol, antidemocrático y totalitario, siempre en busca de una quimérica revolución y, por ello, siempre dedicado a la subversión, la provocación de enfrentamientos y la destrucción de todo para luego procurar imponer su totalitarismo dictatorial.

Una y otra vez a lo largo de su historia el PSOE ha procurado la división y con ello la destrucción de España. Una de sus principales señas de identidad es renegar de nuestra historia. Constantemente abomina de España. Tiene de nuestra patria, de nuestra nación, que es la suya, una imagen distorsionada, irreal, absurda y falsa. Le hieren sus símbolos, sean de la clase que sean. Es el único partido socialista del mundo que odia a sus antecesores, a su propia casa, a su nación, o sea, a España y a todo lo que pueda oler a español. A pesar del ejemplo de sus homólogos de cualquier latitud y de los constantes fracasos propios, sigue siendo incapaz de reconocer su enfermedad y por ello de ponerle remedio. Lo triste y penoso es que por tal motivo es España la que ha sufrido y sigue sufriendo las consecuencias de tan terrible mal.

Jaime Vera
Pablo Iglesias

Entre los varios cofundadores del PSOE destacaron en seguida dos: Pablo Iglesias Posse y Jaime Vera López; éste, médico y precoz marxista; aquél, tipógrafo adherido a tal ideología con posterioridad. Fundado el PSOE en 1879, surgió casi de inmediato una dura pugna entre ambos, no sólo por ver quién de ellos se hacía con la dirección del nuevo partido, sino sobre todo, y aquí esta lo importante, por ver qué orientación se le daba.

Jaime Vera era partidario de que el PSOE no sólo colaborara con los partidos liberales y los recién nacidos republicanos de la época, sino también de que se presentara a las elecciones como uno más, es decir, que se instalara y sometiera al sistema legal e incipientemente democrático del momento.

Pablo Iglesias, fanático, totalitario, déspota incluso con los suyos –que acusó siempre una manifiesta inestabilidad psicológica–, quería un PSOE radical, extremista, revolucionario “Nosotros defendemos el sufragio universal por ser un excelente medio de agitación y propaganda de nuestras ideas; pero le negamos la virtud de poder por sí mismo emancipar a la clase proletaria (…). Los trabajadores no deben olvidar nunca que su acción revolucionaria tiene por fin supremo arrebatar a la clase capitalista con los instrumentos de trabajo su propia existencia”; “Mi partido está en la legalidad mientras ésta le permita adquirir lo que necesita; fuera cuando ella no le permita alcanzar sus aspiraciones…”.

Para desgracia de todos venció Iglesias. Desde entonces siempre ha existido en el seno del PSOE una dualidad perniciosa, más o menos marcada, más o menos en pugna y más o menos dañina según las circunstancias, entre su ala revolucionaria y bolchevique, que ha sido la mayoritaria, y la moderada.

La  relación de Iglesias con la violencia fue siempre la típica de una opción intrínsecamente revolucionaria. No sólo declaró que el asesinato de Cánovas en 1895 se debía a la represión gubernamental, sino que el asesino –un socialista–, que también acabaría con la vida Viacheslav von Pleve, ministro ruso, en 1904, era “acreedor a las alabanzas y al reconocimiento de cuantos desean libre a la Humanidad de monstruos humanos”. Asimismo, cuando Carlos I de Portugal y el príncipe Luis Felipe fueron asesinados a tiros en Febrero de 1908, Pablo Iglesias se negó a firmar las condolencias del Ayuntamiento de Madrid, donde era concejal, alegando “Nosotros no condenamos ni sentimos el acontecimiento trágico habido en Lisboa. Es más, creemos que constituye una gran lección, que deberán tener en cuenta aquellos que pretenden seguir ciertos derroteros”.

Desde el primer instante Iglesias no dudó en imprimir en el PSOE su visceral y vesánico sectarismo internacionalista cuya consecuencia principal fue inocular en el partido un feroz antinacionalismo y un acérrimo antiespañolismo; algo que no ocurrió ni por asomo en ninguno de los partidos socialistas que por esa misma época iban tomando cuerpo en el resto de Europa que, aún con las veleidades propias de su ideología marxista, supieron siempre –y siguen en ello–  mantenerse nacionales, amantes de sus respectivas patrias, respetuosos con otras opciones políticas y defensores de sus respectivas historias nacionales, no despreciando ninguna de su etapas, en todo caso, pasando de puntillas por la que menos les gusta y desde luego nunca tirando piedras sobre el propio tejado, ni, mucho menos aún, pretendiendo reescribirlas revisándolas según sus condicionantes ideológicos.

Baesteiro, sumado al golpe del Coronel Casado –de pie junto a su derecha– contra el Gobierno de Negrín, lee la proclama que permitiría zanjar la guerra.

La consecuencia de tal anormalidad es que desde sus primeros instantes el PSOE ha estado siempre abocado a caer en manos de su hijo bastardo: el comunismo, el cual lo ha parasitado y destruido varias veces; las mismas que a España. La más importante en los años treinta del siglo pasado de la mano de Largo Caballero, el “Lenin español”, relegando a la facción de Besteiro –que de revolucionario supo devenir en moderado–, dejando que el PSOE fuera infiltrado hasta el tuétano por el PCE, el cual llegó a controlarlo. Cuando a comienzos de 1937, siendo presidente del Gobierno, ya en plena guerra, Largo se dio cuenta de su error y quiso corregir, fue arrojado del poder y nunca le dejaron levantar cabeza ni los comunistas ni sus compañeros socialistas con Juan Negrín –éste filocomunista– e Indalecio Prieto a la cabeza.

Después, cuando se refundó el PSOE –con la esencial ayuda de algunos miembros de los servicios de información militares ya en los últimos años de gobierno de Franco–, Felipe González se dejó arrastrar por la vesania de Alfonso Guerra, o no tuvo el valor suficiente para desembarazarse de él a tiempo o no le interesó o fue en realidad lobo con piel de cordero, y el PSOE perdió su gran oportunidad histórica para renacer distanciado –mejor hubiera sido renegando– de su criminal y terrible historia. Por el contrario, el PSOE optó por volver a dejarse controlar por la facción bolchevique alejándose de la normalidad democrática del resto de sus homólogos, volviendo a esgrimir como principal bandera su odio a España, a lo nacional, y su tendencia a lo revolucionario, a lo disolvente; de ahí su constante apoyo a los separatismo regionales y a todo lo que pueda generar enfrentamientos entre los españoles. Rodríguez Zapatero y ahora más todavía Pedro Sánchez –un stalinista de pura cepa–, son los máximos exponentes en la actualidad de esa tara que arrastra el PSOE desde su fundación.

Ni que decir tiene que una de las señas de la misma es su brutal anticatolicismo —“Queremos la muerte de la Iglesia, cooperadora de la explotacion de la burguesía; para ello educamos a los hombres, y así le quitamos conciencias. Pretendemos confiscarle los bienes. No combatimos a los frailes para ensalzar a los curas. Nada de medias tintas. Queremos que desaparezcan los unos y los otros” (Pablo Iglesias Posse)–, lo que ha llevado siempre al PSOE a exteriorizar una enfermiza obsesión por derribar cruces –lo de Callosa de Segura, entre otros muchos ejemplos, clama al cielo a estas alturas–, asesinar curas, violar monjas y… profanar tumbas con cualquier excusa, como son los casos de la de Franco, Queipo, Mola, Sanjurjo, etcétera.

Debido a esa tara –la marxista hoy en día parece que puede curarse o al menos controlarse–, el PSOE nunca ha sido ni podrá ser, un partido democrático y por ello tampoco España, porque si el mayor baluarte de la izquierda es como hemos dicho que es, y a las pruebas históricas nos remitimos, España estará siempre abocada a la revolución y al totalitarismo bolchevique… si no se le pone remedio, que fue lo que se hizo in extremis en 1936, claro que a costa de mucha sangre, sudor y lágrimas.

Mucho nos tememos que si los españoles de ahora no toman medidas democráticas pero contundentes, aprendiendo de la historia del PSOE, España va a tener el más que dudoso honor de ser el único país del mundo que va a disfrutar durante décadas de las bondades del “paraíso socialista”; por cierto, ¿por qué mejor no preguntarles a Rusia y a los antiguos países del Este europeo qué tal les fue en él?.

 

Compartir

Deja un comentario

Su dirección de correo nunca será publicada. Si la indica, podremos contestarle en privado en caso de considerarlo oportuno.*